martes, noviembre 21, 2006

Chocos fritos y entrada "a la Pipu". Próxima parada: Estepona (and then, Galicia).

¡¿Qué pasa muchachada?!

Puf, me cuesta hasta ponerme de coña o “levantar la voz” (todo lo que se puede levantar por escrito). No es que esté mal, tranquis, es que estoy en esa fase de nervios que no sabes si pensar, si no pensar, si dejarlo todo y salir corriendo al rincón más lejano de la Conchinchina o qué hacer...

Lo primero es lo primero, dios, la administración y el sector hostelero mediante: nos casamos el 16 del mes que viene (diciembre, fun, fun, fun).

Sí, podría ponerlo en mayúsculas y como echando las campanas al vuelo, tipo “Yejaaa, yejaaa, que nos casamos, ueeee, ueeee”, pero es que, entendedme, estoy agotado.

Menos mal que fuimos a Sevilla, pero, aún así, el error fue dejar los móviles encendidos, cuanto habríamos ganado en tranquilidad y serenidad. Sobretodo yo, para que nos vamos a engañar. Noe es capaz de desconectar, de olvidarse, de pensar cosas como “Para qué nos vamos a preocupar o a dar vueltas a algo que ahora mismo no podemos solucionar de ningún modo”. Yo sin embargo una vez que empiezo con el run-run me cuesta una auténtica barbaridad desconectar (pobre la Pipu, diremos...)

Pero hablemos de Sevilla, así me olvido un poco de Madrid y de todas las cosas que tengo en marcha aquí “en casa”.

En dos palabras: muy, muy, muy im-presionante.

De verdad. A ver, por partes. Es muy malo comparar, pero Córdoba, en cuanto a “la calle”, me pareció más bonita.

Pero también hay que decir que, por desgracia, el alcalde de Sevilla debe ser primo del idiota del de Madrid y ha adoptado su filosofía de “levanto hasta las trancas todo aquello donde entre una escavadora (y si hay que pillar una pequeñita para que entre en más sitios, también)”.

Es una verdadera lástima porque los alrededores de la catedral, del ayuntamiento, los parques y paseos estaban literalmente destrozados. Además, el comercio local, debido a que el turismo ha debido disminuir mucho, plagaba los escaparates de “¿Seremos los siguientes en cerrar?”. Para más INRI el tiempo no acompañó del todo y Sevilla no es una capital a la que le pegue un cielo gris y una lluvia convertida en barro por las obras.

Pero, si aún con eso, quedé fascinado, no quiero ni pensar de haber tenido la suerte de días soleados, calles por las que diese gusto perderse y un ambiente sembrado del folklore y la alegría tan típica del sur, no del ruido de taladros y camiones a este paso típico de Madrid.

Cosas que no podéis dejar de visitar en Sevilla: la catedral (flipad con los órganos de tubo y ¡ey! Está la tumba de Colón), la Giralda (para mataros a subir escaleras y escaleras; no, ya en serio, a mí me deja boquiabierto pensar que una torre casi la mitad de alta que la Torre Espacio fue construida hace 800 años), la iglesia de Los Venerables y, por encima de todo, id a ver un espectáculo de flamenco. Y aquí empiezo porque quería hablar de ello en profundidad.

Es una pena que, por algún motivo, parece generalizado que la juventud española desprestigie casi cualquier cosa tan solo por el hecho de ser “made in spain”. Y me incluyo en esta gran mayoría porque hasta hace poco apenas valoraba “nada” de ésta nuestra nación.

Creo que me empecé a plantear cuantos ascos le hacía a nuestra cultura y a nuestra historia al leer Ala Triste. Me di cuenta de lo mucho que había admirado la figura del samurai, por ejemplo, o de los mosqueteros y, hasta hace unos días, de las geishas. De lo increíble que me parecía y de lo lejano que lo veía. De lo mucho que ansiaba poder contar con una tradición así. Y, al leer Ala Triste descubrí a los tercios españoles, a los soldados, mercenarios, escritores y pintores, a los marineros, los truhanes, las actrices, los personajes callejeros, de palacio y de la corte.

Recuerdo que este gusanillo no me picaba desde que leí, hace años, El Misterio Velázquez, pero enseguida me perdí de nuevo en la saga Dragonlance y si te he visto no me acuerdo.

Y, el otro día, descubrí a “las bailaoras” (y los “bailaores”, infinitamente menos conocidos, si cabe).

Igual que en su momento llegué a poner en la misma balanza a los maestros de la esgrima española con los samurai y sus “parientes lejanos” los mosqueteros, ahora comparo a las geisha con los artistas del baile español.

He de aclarar que el hecho de descubrir a todos estos personajes no significa que ahora creo que el resto son peores, si bien es verdad que han perdido un poco de misterio o, quizá, misticismo, ese toque “divino” que les da la lejanía, el oriente o los cuentos y leyendas. Es un poco como cuando tu hermana te enseña los regalos de navidad que cautelosamente han guardado tus progenitores y te dice “Mira ¡ves como los reyes magos son los padres!”. Aún así, mi admiración por el resto de artistas del mundo siempre será devota.

Respecto al flamenco y los que lo practican. Iba a decir que se te caen los cojones al suelo cuando, pegado al escenario como estábamos Noe y yo, aparece esa sevillana, morena, bien “estirá”, con el pecho hacia alante, una sonrisa cautivadora y un traje de gitana que te echa “patrás”. Pero, lo de los cojones, es una expresión un tanto mal sonante y hoy no la utilizaré (así que vosotros no habéis leído nada de eso).

Por si fuera poco la imagen, poneos en situación: el sonido vibrante y poderoso del taconeo en el tablao, la voz del cantaor y/o la cantaora, unas veces rota y quebrada y otras crecida y vigorosa, todo sembrado de las resplandecientes notas de las guitarras y las palmas. En la mesa un buen vino tinto, espeso, de color carmesí, con un aroma intenso y un sabor embriagador, mezcla de una uva mimada y una madera que ha sido su hogar durante años. Y, sentada junto a ti, la persona que sabes te va a dar todo el cariño, amor, apoyo y comprensión en esta vida.

El baile, cargado de sentimientos, de pasión, de tristeza, de emoción.

Poneos por un momento allí, entre penumbras, únicamente iluminados por una capa de luz roja.

En cuanto a los bailaores... yo no sabía nada de ellos, no me imaginaba que cobraban tanto protagonismo como ellas. Su baile me pareció más “ajetreado”, más “brusco”, pero igual de cuidado y vivo. Sobretodo por las expresiones, las caras, que no dejaban de cambiar, una danza de máscaras cambiantes cinceladas en la piel.

Total, que te hace pensar por qué nos llama tantísimo la atención la figura de la geisha, una artista de peculiar a la par que espectacular vestimenta y porte, volcada al mundo del baile y la música, que, aunque muchos lo creían, no se prostituía, pero sí tenía protectores (gente importante) que, en la mayoría de los casos, terminaban siendo amantes.

A ver, NO VOY A DECIR QUE SEA LO MISMO, pero desde luego parecido hay y cada una impresiona y encanta a su manera.

Poco más, que son las 12:30 y tengo ganas de ir a casa a comer (tengo mucha hambre). Espero veros este fin de semana, especialmente con los que no coincido entre semana (pero el sábado no, que hemos quedado).

Un abrazo de oso con las fuerzas que me quedan ¡hasta pronto!

Nota temporal: como estoy en el curro no puedo buscar tranquilamente fotos, así que cuando tenga un hueco subo unas cuantas ¡agur, lemur!

2 Comments:

At 15:00, Blogger Pipuchi said...

Tengo que hacer una corrección a tu entrada. Se trata de algo gravísimo que ya deberías haber aprendido. Los trajes del flamenco son trajes flamencos, de gitana o de sevillanas (aunque en el sur nadie los llame de sevillanas).
¡¡¡Los trajes de luces son los de los toreros!!! Y también vimos unos poquitos, ¿eh?
Si alguien se anima, podemos preparar un tour por Madrid (ya tengo la guía, aproveché para cogerla en el aeropuerto) y si a la gente tan “norteña” que hay entre nosotros le apetece, podemos ir después al flamenco. Si Sevilla fue impresionante, os aseguro que conozco un tablao en Madrid que también lo es.
Firmado,
una loca enamorada de Andalucía.

 
At 07:13, Blogger Osata said...

Estooo... ¡yo no hablar tu idioma! ¡Chewbaccaaa! Tralariii, tralaraaa...

Ya lo he corregido, no sé en qué estaba pensando, supongo que con tanta España y olé se me juntaron unas cosas con otras, que si la Plaza de la real maestranza y la madre que parió al toro, pues...

Ale, besitos en la boca para ti y más guarrerías que no voy a decir aquí en púbico.

 

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