
- Hace frío, ¿no crees, joven Genicó?
La figura situada a sus pies se le quedó mirando. Desde su posición lo que mejor alcanzaba a ver del jinete que le dirigía la palabra era su ingente y reluciente espada; desde luego no había sido forjada por manos humanas, eso lo sabría hasta un mozo de cuadras, como él. Se fijó más detenidamente: el hecho de que, a pesar de la niebla que se extendía por el campo de batalla, la espada derramara destellos púrpuras, era algo que a cualquier mortal le llamaría la atención, aunque no quizá para aquel que la poseía como si de su propio brazo se tratase. Fijó ahora la mirada en el caballero que la portaba, firme en su cabalgadura, con su armadura de color verde oscuro, similar al de la sangre que derramaría un dragón; impasible, desafiante, con sus pardos cabellos agitándose al viento en una macabra danza.
El chico, en su afán de descubrir algo en la enorme coraza, notó un leve movimiento. Era como un espejismo, pero hubiese jurado que la armadura le observaba, que tenía vida, que respiraba...
-¿Estas bien Genicó? - no hubo respuesta. El jinete se quedó mirando a su joven lacayo. No sabía bien por qué había elegido a un joven inexperto.
Ahí estaba, mirando su armadura completa, como si la niebla que cubría toda la extensa pradera, elegida la noche anterior para la batalla, se hubiese introducido en un oído y no hubiese salido por el otro. Era éste un extraño joven: no había dudado en seguirlo cuando le ofreció el puesto de su fallecido escudero. Quizá lo que más le llamó la atención de él era su increíble persistencia. Cuando le vio por vez primera en las caballerizas de aquella ahora aparentemente remota y lejana posada, jamás habría imaginado esta situación.
- ¿Quién eres? - sus pensamientos se esfumaron, como el vapor que escapa al bañar un filo recién forjado.
- No sé a que te refieres - Genicó siempre le asaltaba con dudosas preguntas y a ÉL no le gustaba demasiado hablar -. ¿Quién es ese caballero que no sigue ningún código de honor?, ¿que obra por bolsas repletas de monedas de oro?, ¿que no a hecho juramento alguno a rey, pueblo o persona?
De ser cualquier otro no habría dudado en cercenar la cabeza del impertinente que en su presencia manifestaba semejante actitud, pero por alguna extraña razón esto no ocurrió.
- Verás, escudero - el tono era bastante despectivo, más de lo que le había escuchado a cualquier otra persona el joven mozo -, cuando te di la opción de servirme, te dije que sólo tenía dos normas - alzó la mano y enseñó dos dedos levantados del guantelete para dar más énfasis a la acción -: sin preguntas y sin favores.
Hizo un movimiento brusco sobre las riendas de su caballo y se alejó, como otras tantas veces desde que habían llegado al alba.
Se quedó mirando a las tropas que ÉL había contratado hacia ahora poco más de tres semanas. Al verles a ambos quizá pensarían que existía algún lazo familiar que les uniese, pues comían juntos y dormían en la misma tienda. A menudo no hablaban, podían pasar días enteros sin diálogo alguno, sólo un cruce de miradas era suficiente para que se entendiesen y, sin embargo, el tiempo que había estado de servidumbre para ÉL no era muy diferente de lo que llevaba el resto.
A lo lejos oyó el sonido de un cuerno de guerra, acompañado de lúgubres cánticos, y no le extrañó que a su espalda empezase a escucharse el ruido que producen al tensarse los arcos, el entrechocar de las armas junto a escudos, el resoplido de las monturas y el repiquetear de los cascos contra el suelo. Genicó se miró y pensó que ni en sus más extraños sueños se había visto de esa manera. De su brazo izquierdo pendía un escudo de torre; en el derecho sujetaba una larga espada dorada y con un adorno color ébano que imitaba a una zarza que recorría toda la hoja, haciéndola así, si cabía la posibilidad, más mortífera; para la protección del pecho llevaba un peto de metal de un matiz terroso con vetas grises; el casco era de un tono similar a éste, con dos alas que sobresalían del mismo y una visera la cual, desde que era dueño del casco, jamás había usado; todos sin símbolos, libres de servidumbre, esclavos del olvido.
A lo lejos oyó el galopar de un jinete. Enseguida reconoció la figura que se iba creando entre el espesor de la niebla a partir de la nada.
- Te daré la última oportunidad de abandonarme - las palabras se teñían de un extraño timbre al resonar dentro del casco y al escapar por las finas ranuras del mismo. El resguardo de la cara permanecía bajado, algo que a ÉL sí le gustaba usar, de tal manera que ni si quiera podía mirar fijamente a los ojos miel que no conocían compasión ante todo aquello que alcanzaban.
- Ya te lo dije una vez y te lo vuelvo a decir ahora: no desaprovecharé la oportunidad que me brindaste de ser tu escudero y algún día tu socio - e intentando imitarle bajó con un movimiento en seco la visera, tragándose el aullido de dolor que afloró a su garganta tras haberse arrancado algunos de sus largos cabellos, recordando así porqué nunca la usaba. No entendía como lo hacía ÉL, teniendo el pelo mucho más largo que el suyo. Siguió la montura que estaba a su lado y le miró. Las noches anteriores se habían pasado todo el tiempo hablando de la batalla, de lo que cobrarían al vencerla, de su victoria.
- No te apartes nunca de mi lado y saldrás ileso - dijo esta vez con un tono más apaciguador.
A Genicó le temblaban las piernas, aunque hacia lo posible para disimularlo.
Una espada refulgente de rayos púrpuras se alzó en el cielo acompañada por una atronadora voz dando así la señal de ataque. De entre la niebla se vio caer una lluvia de incandescentes flechas, como si de hermosos luceros en la noche se tratasen, aunque a diferencia de ellos, el objetivo de estos no era otro que iluminar el más allá con las ánimas que liberasen en su trayectoria.
La antes tranquila llanura se sembró de voces y el fulgor de la guerra inundó los sentidos de todos los que estaban allí presentes. Ese fue el primer momento desde que estaba junto a ÉL que desearía estar lejos, en sus caballerizas, haciendo el vago en el pajar, y la cosa no cambió cuando de entre la niebla apareció su primer contendiente.
La espada le parecía un elemento inútil, le pesaba; tenía la sensación de portar un árbol en vez de un fragmento de metal. Pero no podía ponerse a meditar, no ahora. En un acopio de fuerza la alzó y paró la inminente acometida de su atacante. Lo que no podía imaginar era la potencia con la que se le echó encima; a punto estuvo de perder el equilibrio y chocó contra algo que había tras él; “eso” soltó un grito, un peso cayó haciendo un ruido sordo contra el suelo. En un instante posó la mirada en lo que allí había: era un hombre, y sabía quién, hacía dos noches que habían cenado en su compañía. Dirigió la mirada a su primer contrincante pero sin olvidar al agresor en potencia que se encontraba detrás, aquél que había aniquilado a su camarada; si le había visto era algo que no sabía. Se puso rígido, se le heló la sangre y la adrenalina hizo su aparición como un torrente. Casi inconscientemente empezó a golpear sin tregua a su rival. Ante la sorpresa, éste descuidó uno de los costados y fue su último error: de no haber llevado armadura, seguramente sería la mitad de hombre de lo que quedaba de él. Sin olvidar el que le quedaba a las espaldas, se giró y vio como éste acababa de deshacerse de un oponente más para seguidamente desaparecer entre la niebla.
Avivado por el furor de la contienda le siguió a través de la espesura; a lo lejos vio descender más flechas incendiarias, sin darse cuenta una por poco se le clavó en el hombro y por suerte otra fue a parar al escudo. Gracias a la luz que emitían pudo ver mejor el campo de batalla, aunque hubiese preferido no hacerlo, pues se había transformado en un mullido manto de cadáveres y muchos de ellos pertenecientes a su bando. Perdió el interés de encontrar al hombre que perseguía.
¿En qué tipo de locura se veía inmerso? ¿Para qué valía todo esto? Demasiado clara era la respuesta para obviarla: para nada, todo esto no valía para nada. Tantos cantos épicos, tantas alabanzas vertidas por innumerables bardos. Los cantares, los poemas, no eran más que modos de tapar la viscosa verdad, cruda, amarga, desagradable. Aunque ya era demasiado tarde, atrapado por el torbellino de incoherencia humana que hacía alarde de ello frente a los dioses esa mañana, para dejar todo esto atrás.
¿¡Y dónde estaba ÉL cuando más le necesitaba!? ¿Acaso había desertado en vista de la eminente derrota que se le venía encima?
Más ruidos a su alrededor le devolvieron a la realidad. De entre la gris cortina de humo de tonos amarillentos arrancados de las llamas de las flechas, surgieron más adversarios con sed de sangre. Serían cinco o seis, no se puso a contarlos, dos de ellos iban montados en los más terroríficos caballos que podía haber imaginado, o al menos eso creía él que eran, pues comparados con los animales originales no pasaban más que por abominaciones. Uno de los enemigos le señaló, ni si quiera se alarmaron. El que parecía de mayor rango desenfundó una enorme cimitarra azabache y a paso ligero espoleo su montura hacia él, mirando a su vez a los lados para cerciorarse de que no era una trampa. Seguro de que ésta no existía, aceleró el paso con la intención de acabar con el títere sin cuerdas que le obstruía el paso. Inesperadamente fue él quien se derrumbó al suelo, con dos saetas clavadas en el pecho. El eco del último aliento de éste resonó en los tímpanos de Genicó como tambores de guerra. Los que quedaban se miraron entre si con un desconcierto que iba creciendo por momentos. De entre la oscuridad apareció un jinete más terrorífico aún que los demás, portando en una mano una ballesta doble y en la otra, junto a un enorme escudo, una espada que centelleaba como un rayo de sangre, bañando la armadura verdosa, semejante a otra capa de piel, de extrañas sombras. Después del aturdimiento general que produjo la oscura figura, se inició un ataque masivo al recién llegado.
El primero que se le acercó no fue a por el caballero, sino a por la montura, con la esperanza de hacerle caer para luego rematarlo. Al mismo tiempo el jinete que quedaba se acercaba al galope para eliminar al nuevo combatiente. Puesto que estaba demasiado pegado como para hacer uso de la espada y luego defenderse de los demás, lo único que ÉL pudo hacer fue estrellar su escudo contra la cabeza del primero, haciendo que éste cayese al suelo desnucado, y a continuación aguantar el golpe de un segundo y, aprovechando la inercia, empujarle para dejarle fuera de plano. Con el que estaba montado tenía alguna dificultad más sobre qué hacer, pues quería aguantar la embestida y a la vez no perder de su campo de visión lo que hacía el resto. No así la carga no esperó, feroz, y un golpe se estrelló contra la verdosa armadura en el flanco izquierdo, pero en vez de reducir al portador de ésta, lo único que logró fue enfurecerle más, aclarándole el camino a seguir: aprovechando el momento de éxtasis, y la escasa distancia que les separaba, la cobriza espada trazó un arco que sesgó lo que se interponía en su camino. Arma y brazo enemigos cayeron al suelo. Seguro de la victoria, aterrizó de un salto en el suelo y con una velocidad pasmosa acabo con los que restaban en ese momento. Levantó la visera y se quedó mirando al muchacho tembloroso que tenía delante.
- Te dije que no te separases de mí.
Tranquilo y seguro de sí mismo se acercó a su fiel escudero, lentamente, poco a poco, con las riendas de su corcel en una mano. Apenas le dio tiempo de oír el bufido del animal, ni siquiera había escuchado los sigilosos pasos del contrario que se encontraba ante sus ojos y detrás del joven. Sólo escuchaba las palabras del chico en su mente: “¿Quién es ese caballero que no sigue ningún código de honor?, ¿que obra por bolsas repletas de monedas de oro?, ¿que no a hecho juramento alguno a rey, pueblo o persona?” Y sin pensarlo se lanzó hacia delante, apartó a su lacayo y recibió el golpe mortal que era para otro. La espada se clavó justo entre la unión del peto con la falda. Un instante eterno se apoderó de la situación y tensó el silencio asfixiando a los presentes.
Genicó, sin parpadear si quiera, fue rápido sesgando la vida del que había cometido semejante acto. Trató de poner orden en su cabeza pero todavía no se lo creía. Sostuvo como pudo a su salvador, ÉL no necesitaba verle el rostro para saber que estaba llorando.
Con manos temblorosas le quitó el casco y noto como sus músculos se relajaban, que se encontraba más libre. Un hilillo de sangre le caía por la comisura de los labios. Se miraron por última vez.
- Me... debes un favor... jura... júrame que... que vencerás esta batalla por... por tu compañero, tu socio.
Genicó respiró profundamente y contestó con la voz de alguien que conoce la verdad, la viscosa, cruda, amarga y desagradable verdad:
- Sólo por ti, así será.